Cómo hacer un inicio impactante I

 En MIscelánea

En la anterior publicación comentábamos la importancia capital de los primeros veinte segundos para redirigir el diálogo interno de los asistentes hacia nuestra conferencia y que, si no lo logramos en ese tiempo, después nos será mucho más difícil de conseguir al haberse puesto el oyente en modo “piloto automático”. En esta situación tendremos cuerpos presentes con mentes ausentes.

En este artículo y sucesivos vamos a conocer siete maneras para lograr captar la atención y de hacernos con el diálogo interior de los asistentes en los primeros segundos de nuestra intervención.

Primera: utilizar el silencio. Sin duda, uno de los recursos más potentes que tenemos a nuestro alcance cuando hablamos es la gestión de los silencios. El silencio puede enfatizar mucho una idea o dramatizar una sentencia, pero además es un recurso extraordinario para comenzar una conferencia.

Ser capaz de plantarse en silencio absoluto ante un auditorio da una imagen de seguridad, fortaleza y control emocional difíciles de alcanzar de otra manera.

No obstante, es un recurso muy difícil de gestionar y si no se utiliza de forma adecuada todo se volverá en contra: la seguridad dará paso a la inseguridad; la fortaleza se tornará debilidad y el control, desconfianza.

Si aún así te decides a probarlo ten en cuenta que -salvo que hagas una puesta en escena que justifique lo contrario-, el silencio implica estar quieto en posición VASE (es la posición que en comunicación no verbal se considera adecuada para estar quieto ante un auditorio. Significa vertical, abierto, simétrico y estable) mirando a los asistentes a los ojos con cercanía.

Cuanto más tiempo estés en silencio, más captarás la atención siempre teniendo en cuenta que llegará un momento en el que incomodarás a los asistentes. Sobre todo a los más alienables.

El silencio es tan poderoso que deberás suministrarlo en la dosis justa. Ni tanto que incomode en exceso, ni tan poco que carezca de efecto.

El 10 de febrero de 1933 en el Sportspalas de Munich, Hitler pronunció uno de los discursos que desgraciadamente se convirtió -a mí juicio- en una de las intervenciones más efectivas del siglo XX. Al día siguiente se colapsaron todas las oficinas del partido nazi de Alemania por la avalancha de personas que acudían a inscribirse. En el inicio de este discurso Hitler estuvo, ante las miles de personas que abarrotaban el auditorio y los 20 millones de oyentes que le seguían a través de la radio, 54 segundos en silencio.

Gran parte de los logros alcanzados -demoníacos, pero logros al fin y al cabo- por el personaje los consiguió por su extraordinaria capacidad oratoria y, aún así, en los citados 54 segundos no fue capaz de estar realmente en silencio. Estaba callado, pero no en silencio. Se movió en varias ocasiones cruzando los brazos en el pecho, apoyando las manos en el cinturón y consultando de forma innecesaria sus notas lo que nos da una idea de lo complicado que resulta gestionar nuestro cuerpo en estas circunstancias durante casi un minuto.

En su día hice una conferencia que comenzaba con un silencio de 45 segundos. No lo repetí porque hubo algún asistente al que parecía que le iba a dar algo. En la actualidad mi conferencia “El secreto de la PersuaCCión” la inicio con veinte segundos de silencio. Creo que es la duración adecuada para la utilización de este recurso. Más puede ser peligroso y menos creo que no tiene el efecto buscado de secuestrar el diálogo interno del espectador.

En la siguiente publicación seguiremos con otras formas de captar la atención del auditorio cuando comenzamos una conferencia.

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