El turno de preguntas: la miel del éxito o la hiel del fracaso

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Lo primero que quiero resaltar es que el turno de preguntas es un momento de alto riesgo en el que, en ocasiones, el ponente está más relajado de lo que la situación aconsejaría.

Cuando estamos exponiendo estamos en estado de máxima concentración. Tenemos la sensación de que está en juego nuestro prestigio -lo que es indudable- por lo que todos nuestros sentidos están en DEFCON 1. Sin embargo, cuando llega el turno de preguntas podemos sucumbir a la bajada de la adrenalina y adoptar una posición mental menos atenta.

Hemos hecho una buena puesta en escena, hemos dado un mensaje interesante, hemos generado emociones en nuestros oyentes y logrado una buena sintonía con ellos. Nos gustamos y nos vamos sintiendo cada vez mejor. ¡Esto ha sido un éxito! puede pensar nuestra mente inconsciente por lo que es el momento de rebajar el nivel de tensión. ¡Craso error! Nada hay más inteligente que una buena pregunta (ya lo aventuró Sócrates a través de su mayéutica) y pocas cosas nos pueden causar más problemas que una respuesta inadecuada.

¡La función no acaba hasta que no cae el telón!

El turno de preguntas deberías tomártelo como algo tan importante como la misma conferencia por lo que tu estado de alerta debería ser similar. Ten en cuenta que, al margen de la candidez fingida de algunas voces -puede haber muy buenos actores entre el auditorio-, lo que respondas será la guinda de tu presentación y esta podrá acabar dejando, tanto en los oyentes como en ti mismo, el dulce sabor del éxito o la hiel del fracaso.

A continuación te pongo lo que considero pueden ser las siete claves para gestionar con garantías el turno de preguntas.

Primera: controla los tiempos. Escucha la pregunta entera sin interrumpir a la persona que esté hablando y no respondas de forma impulsiva, tómate tu tiempo antes de comenzar a hablar. Si estás en un entorno formal o el tema que tratas es de cierto nivel de tensión, puedes tomar notas antes de responder. Esto dará a la audiencia imagen de profesionalidad y la persona que hace la pregunta se sentirá halagada, sintiendo que su interpelación es merecedora de tu máxima atención.

Si la pregunta es de respuesta larga déjala para el final de la sesión o para responderla en privado pero no hagas una nueva conferencia de una pregunta. Dejarías frustrados a los que querían hacer sus preguntas si te quedas sin tiempo para ellos.

Segunda: no interpretes las preguntas. Asegúrate de que has entendido la pregunta correctamente. No tengas reparo en pedirle a tu interlocutor que la formule de otra manera si no la has entendido. Sobre todo es importante no responder -ni reformularla tú- si has intuido que la respuesta puede ser comprometedora. No es la primera vez que alguien se mete él solito en un lodazal y la pregunta no iba en el sentido que había interpretado.

Tercera: disculpa las torpezas ajenas. Sí la pregunta está fuera de lugar utiliza expresiones que suavicen la respuesta y que no hagan que el interlocutor se sienta incómodo ante los oyentes. “Con tu pregunta abres un tema interesante, aunque tangencial al objeto de la conferencia, si te parece en el café profundizamos en el asunto”. A no ser que desees crearte una imagen de persona mordaz, al estilo del Dr. House, no aproveches las debilidades ajenas en público.

Cuarta: controla al ponente “frustrado”. En casi todas las conferencias hay alguien que no quiere preguntar nada sino aprovechar el auditorio para soltar su diatriba. Si hay moderador y no hace bien su trabajo -es lo más normal- dejará que la perorata siga hasta que el “espontáneo” finalice su intervención. Lo cierto es que está robando tu tiempo y el de tus oyentes que están allí por ti no por él por lo que en estos casos yo intervengo. Cuando lleva unos tres minutos hablando sin concretar pregunta y habitualmente divagando -en caso contrario estaría aportando valor al auditorio por lo que le dejaría continuar- le interrumpo con algo del estilo “Discúlpame. Quiero responderte correctamente pero no entiendo la pregunta y me estoy perdiendo ¿cuál es la pregunta por favor?”.

Habitualmente con esto logro que corte su exposición pero si no es así vuelvo a interrumpir con un “perdona, hay más gente pendiente de intervenir. Por favor, haz tu pregunta”.

Quinta: evita ser empalagoso y todo lo contrario. No inicies siempre tu respuesta con coletillas del estilo “muy interesante tu pregunta”, “magnífica pregunta” y derivadas. Intentando ser cortés acabas dando imagen de meapilas que quiere, a toda costa, quedar bien con todo el mundo. Mejor no lo digas nunca pero si no eres capaz no les des a más del 10% de las preguntas el valor de interesantes aunque siempre conviene ser cortés y decir antes de responder “gracias por la pregunta”, “te agradezco tu participación” o cortesías sociales similares.

Al contrario, conviene evitar comentarios del estilo “siempre me hacen esta pregunta” lo que equivale a decirle a quien interpela que es poco original en sus dudas.

Sexta: evita la mentira. No seré tan hipócrita como para no reconocer que la mentira es un recurso muy útil que tenemos los primates -no sólo los humanos- pero creo que es un recurso de alto riesgo cuando estás ante cientos de personas en un auditorio. Si te pillan en un renuncio habrás perdido todo lo que hayas ganado en la ponencia y, lo que es peor, habrás perdido credibilidad ante todos los oyentes. Más vale una vez colorado que ciento amarillo. Mejor aceptar una verdad amarga que te lleve al punto de salida, que una mentira que te saque del juego.

Si no sabes la respuesta admítelo y traslada con naturalidad la pregunta al auditorio. Si el tema no es respondido comprométete -si vas a cumplir- a responderlo con posterioridad vía e-mail.

En una posterior entrada trataremos cómo se deben gestionar las preguntas envenenadas que es un tema derivado muy interesante.

Séptima: busca el lado positivo. Nadie es fan de los agoreros por lo que, aunque el tema sea espinoso y a menos que cobres por hacer desgraciadas a las personas, busca la respuesta que pueda dar más esperanza a los oyentes, sin tener que incumplir la clave anterior.

Y finalizamos el artículo no con una clave para la gestión de las preguntas sino con un consejo: nunca acabes la conferencia con la última pregunta. Después de ella cierra la sesión sacando el último as de tu manga y buscando la apoteosis del aplauso final.

¿Has tenido alguna experiencia con el turno de preguntas que quieras compartir? Déjanos tus comentarios.

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Showing 3 comments
  • @javierbartualca

    Acertado y útil, como siempre.
    Parece que ha pasado el peligro y llegan las preguntas que te lanzan como puñales desde el público. O lo que es peor: no llegan

    • mcastelor

      Efectivamente a veces lo más violento es que no lleguen. En este caso una técnica es que te hagas tú mismo la primera pregunta y que te respondas. Normalmente después de que hayas roto el hielo llegarán las preguntas.

      Javier, gracias por tu participación.

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  • […] En un artículo previo sobre el turno de preguntas hemos comentado algunas pautas sobre cómo conviene gestionar este aspecto tan importante en cualquier presentación o acto público. Hoy abordaremos específicamente cómo gestionar esas preguntas complicadas que bien no sabemos contestar, bien sabemos que si las contestamos, nos vamos a meter en un lodazal del que no saldremos indemnes. […]

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