Liderazgo y empatía, binomio no exento de riesgos

 En Liderazgo

La finalización de la lectura de Cómo ser un líder de Daniel Goleman me ha permitido encontrar, por fin, un libro escrito por el gran divulgador que he podido disfrutar no solo por el contenido, (siempre trata temas que me apasionan), sino también por su forma de escribirlo. Al ser un libro recopilatorio de artículos, más o menos breves, previamente publicados en la Harvard Bussiness Review o en Linkedin la escritura resultó, a juicio de este lego, clara, directa e inteligible cosa que no puedo afirmar de Inteligencia Emocional, de La práctica de la Inteligencia Emocional, de El líder resonante crea más o de Focus.

Hace tiempo que quiero compartir algunas reflexiones sobre el valor que se le está dando a la empatía en la sociedad y en el liderazgo y como este es uno de los pilares de Cómo ser un líder voy a aprovechar para compartir unas ideas.

Un concepto no suficientemente divulgado es la clasificación de la empatía en tres tipos diferentes: la cognitiva, la emocional y la preocupación empática.

La empatía cognitiva se da cuando percibimos cómo percibe la persona el mundo. Es el entendimiento de su sistema de valores y del análisis que nos parece que utiliza esa persona para evaluar. Si tenemos esta habilidad nos permitirá comunicarnos con él en términos que pueda entender y aceptar.

La empatía emocional es el reconocimiento de cómo se siente emocionalmente la otra persona. Para este reconocimiento utilizamos las llamadas neuronas espejo que son las encargadas de nuestra respuesta ante las señales, mayoritariamente no verbales, del interlocutor. Es lo que provoca que nos riamos cuando el otro lo hace y que si llora tengamos que esforzarnos para no hacerlo.

La preocupación empática es la reacción que tenemos cuando creemos haber percibido lo que el otro necesita. Es el ofrecimiento espontáneo que surge cuando queremos ayudar a alguien que creemos que lo necesita. Se manifiesta constantemente en nuestra especie debido a nuestra programación genética orientada a la cooperación con los demás.

Previamente el autor explica algo que resulta muy conveniente aclarar y destacar, porque creo que se tergiversa con frecuencia y cierta dosis de dolo, que son las características de una comunicación o un liderazgo con empatía. Esta es la motivación real de este artículo porque, a mi juicio, la sociedad está siendo bastante maniquea con la empatía convirtiéndola en una suerte de pócima que todo lo cura y que además te permitirá cruzar el umbral custodiado por san Pedro.

Para un líder tener empatía no significa adoptar las emociones de los demás como si fueran propias e intentar satisfacer a todo el mundo. Un liderazgo con empatía tiene, durante el proceso de toma de decisiones, en profunda consideración tanto los sentimientos del otro, como el resto de factores. Es decir, en la toma de decisiones conocer y sentir los sentimientos de los afectados es un factor muy importante, incluso clave en muchos escenarios, pero no el único.

Bien lo saben los galenos, profesión que diariamente se enfrenta al dilema de tener que dar información que les gustaría no tener que dar, pero que no tienen derecho alguno a ocultar, por lo que, aquellos que no deseen caer en iatrogenia, tendrán que aprender a comunicar con la mayor dosis de empatía posible.

Si somos verdaderos líderes, en ocasiones tendremos que decirle a una persona, equipo o auditorio algo que no les gustará oír. Tendremos que hacerlo con mucha empatía y sutileza buscando que el oyente, según el caso, no se sienta ofendido o que no incrementemos su sufrimiento, pero tendremos que hacerlo porque para hacer lo que hay que hacer en algún momento habrá que decir lo que hay que decir.

Cuando no queda más remedio, el consejo que doy a mis clientes es “Esfuérzate mucho durante la comunicación para que salgan, si fuera el caso, de tu despacho con una discrepancia pero sin ofensa alguna”.

Sin embargo, sobre todo en el mundo profesional, la experiencia nos dice que también hemos de asumir la alta probabilidad de que alguno de los asistentes manipule la situación metiendo en la ecuación formas inadecuadas donde en realidad lo que se esconde es la defensa de un interés personal, en ocasiones poco legitimado, que no se sostiene y que no puede defenderse públicamente.

Chamberlain y Daladier fueron extraordinariamente comprensivos con las necesidades de Hitler. Ninguno de los dos han pasado a la historia como los estadistas que necesitaban sus países y el mundo para pararle los pies al claro, muy expresivo y nada empático cabo austríaco.

Un líder que solo se deja llevar por su sentimiento de empatía no será líder sino, más bien, meapilas. Igualmente, alguien que en su vida personal se deja manipular exclusivamente por la empatía, sin poner límites a quién, cuándo y cómo corresponda será, muy probablemente, considerada persona sin carácter, pusilánime carente de criterio propio y en última instancia inadecuada para liderar nada, ni a nadie.

Por supuesto, quien no disponga de empatía podrá llegar a matasanos, tirano o capataz, nunca a líder.

Empatía si, sin duda, pero, como todo, en la dosis justa y adecuada para la situación y para el interlocutor porque en la dosis está el veneno.

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