¿Para qué servimos los asesores de comunicación?

 En Liderazgo, MIscelánea

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Siguiendo la estela del pequeño éxito cosechado la semana pasada con el artículo sobre la comunicación no verbal de los candidatos en el debate de Atresmedia, a estas alturas tenía previsto estar cocinando la entrada sobre el mismo asunto del debate entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez.

Tenía, pero resulta que no tengo cuerpo para escribir sobre el asunto en cuestión. Tenía, pero no me da la gana. Tenía, pero no lo voy a hacer.

Seguí el debate en buena compañía y con el Whastapp hirviendo de comentarios de amigos, socios, alumnos y clientes. Personas todas ellas muy dispares, desconocidas entre si, y me consta que con simpatías muy repartidas entre contendientes y ausentes pero que coincidieron, todos a una, como si fueran militantes de la elegancia y la buena educación que lo que estaban presenciando les estaba dando vergüenza ajena.

Tanto me aburrió y me decepcionó el asunto que me ha atacado una especie de virus que me ha hecho hacerme la pregunta que titula este artículo. No sé si vírico o bacteriano pero creo que su naturaleza es de la conocida familia Jerry Maguire.

Todos sabemos que los contendientes tienen amplios equipos y asesores de comunicación. Incluso algunos de los candidatos ausentes han reconocido su entrenamiento en el clásico y siempre muy rentable arte de la retórica. Entonces ¿por qué pasó lo que sucedió?

Si en un debate en teoría preparado hasta la extenuación nuestro cliente comienza dubitativo, sonríe falsa y fingidamente, sobreactúa, se estruja las manos, los gemelos, las mangas del traje, deja visualizar su sudor (el problema no es tenerlo sino exhibirlo), juguetea con el bolígrafo, transmite su soberbia, también su debilidad y su desprecio con una sentida superioridad moral y en el siguiente debate aparecen la agresividad, la ira, el descontrol, la apatía, la pasividad, el miedo, el desbarre y un nivel intelectual y ético que acaba generando desconfianza ¿para qué servimos los asesores de comunicación?

Algunos expertos (recuerdo que como aprendedor no oso reclamar más estatus en la vida que el de diletante) han expresado su decepción afirmando que no han visto naturalidad ni espontaneidad en ninguno de los debates ni debatientes. Que todo estaba muy ensayado. 

La colleja de Rajoy a su espontáneo hijo le costó alguna crítica feroz que no llegó a más pero ¿qué sucedería si por falta de preparación y dejadez en la concentración cualquiera de los candidatos dijese algo estilo Monedero, Toni Cantó o Arias Cañete, cuya inconveniencia le costase las elecciones?

Con mis clientes trabajo hasta la extenuación para que tengan interiorizados y previstos todos los aspectos que se nos ocurra que puedan surgir en el escenario al que se van a enfrentar y si esa preparación resta espontaneidad, lo siento mucho pero el que quiera espontaneidad que vaya a… ¡Leches! No se me ocurre a dónde enviarle.

¿Cuando vamos al teatro no han ensayado previamente los actores? ¿No lo han hecho los músicos cuando vamos a escuchar una orquesta sinfónica? ¿Cuando vamos al Circo del Sol? ¿Cuando a un monólogo? ¿Cuando a la ópera? ¿Cuando al fútbol no han entrenado antes los jugadores? ¿Cuando vamos al médico o al cirujano no ha estudiado, hecho el MIR, asistido a cursos y conferencias para conocer la técnica? ¿Cuando contratamos a un abogado esperamos que improvise o que lleve nuestro caso trabajado? ¿Cuando hacemos la declaración de la renta, al asesor fiscal le pedimos espontaneidad o trabajo y experiencia para pagar solo lo que nos corresponda? ¿Cuando preparamos una oposición? y ¿una tesis doctoral? A ver, que alguien me diga alguna profesión que se base en la espontaneidad o en la improvisación.

Quizá no nos hayamos parado a pensarlo pero todos tenemos una técnica para cada cosa que hacemos. La tenemos para estudiar, para jugar al parchís, para afeitarnos, para maquillarnos, para hacernos la cera, para sentarnos, para conducir, para cocinar, para atender a los clientes, para dar clase, para tratar a los pacientes, para escribir en el blog, para hacer un tuit, para lavarnos el pelo, para hacer el amor (incluso adaptada a la exigencia de momento e interlocución) y, por supuesto, también para comunicarnos, argumentar y debatir. Algunos, como Bertín Osborne, hasta tienen una técnica para “ser” espontáneos.

También creo que es relevante resaltar que nuestras técnicas pasan por diferentes fases, por una evolución. No conducimos igual cuando sacamos el permiso que cuando llevamos cien mil kilómetros recorridos. Nuestra primera tortilla no la cocinamos de igual manera que la número mil, porque haciendo y deshaciendo la niña va aprendiendo y a eso le llamamos experiencia, o dicho de otra manera, técnica depurada e interiorizada

En teoría del aprendizaje, cuando hacemos una cosa muy bien gracias a su repetición, se podría decir que alcanzamos el estatus de ser, en ese asunto, inconscientemente competentes.

Es posible que un orador novato no ilustre tan bien, o no controle sus gestos adaptadores, como un experto pero para acercarse a él tendrá que comenzar con una técnica, si quiera básica, que le permita ir avanzando hasta que la tenga tan interiorizada que los demás la veamos como su forma natural de comunicación aunque por abajo siempre haya técnica.

Para ir finalizando y solo por llevarle la contraria a todo el mundo occidental y a gran parte del oriental, lo que ha sucedido entre Rajoy y Sánchez es que el debate no estaba trabajado, estudiado, preparado y ensayado suficientemente (por mucho que presuman de ser sacrificados profesionales). ¿O es que Sánchez no sabía que iba a acorralar con la corrupción a su adversario? ¿Por qué le faltó al respeto? ¿Y Rajoy no sabía que le podían afear con Bárcenas y Rato? ¿Por qué reaccionó perdiendo la oportunidad para mostrar superioridad ética?

Los que reclaman espontaneidad y naturalidad creo que si la buscan bien la hallarán en el momento de la algarabía que llevó a ambos a cometer errores de bulto que les costaron el debate.

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Pedro Sánchez ni siquiera sacó el escándalo de Gustavo de Arístegui & Cía., que aún olía a hogaza caliente, pero no tuvo reparo en pisar el mojón hasta el tobillo para después tener que presumir de que lo hizo porque da suerte.

Para mí en el debate faltó esfuerzo, seriedad y, sobre todo, trabajo emocional” (el imprescindible para ser capaz de domar al “espalda plateada” que todos llevamos dentro) y sobró improvisación, desidia y dejadez y aquí tengo que incluir, con todo el dolor de la admiración que le profeso, sobre todo como escritor, al moderador que ni estuvo ni se le esperó en ningún momento y que rindió todo su protagonismo, de forma reiterada, al titular alumbrado por otro experto que, personalmente, me pareció intelectualmente mediocre y poco afortunado.

La escasa preparación emocional (de datos, bolígrafos de colores y dibujitos iban sobrados) les fue acercando cada vez más al terreno de la marrullería en el que finalmente ambos se rebozaron para nombrar vencedores a los no presentes y vencidos a los sufridos televidentes. Todo por falta de trabajo de los contendientes y de unos asesores no suficientemente esforzados, que olvidaron que se juega como se entrena y que no tuvieron el coraje de crujirlos en los ensayos hasta que les saliesen esos modos barriobajeros (para después aprender a controlarlos) que ya tenemos el “placer” de disfrutar en cada Sálvame Deluxe.

Salvo mejor criterio.

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